Recuerdos
Qué razón cuando dicen que los abuelos deberían ser eternos.

Texto dedicado a Andrés Liberal Maestre, mi abuelo.
Aún escucho tus pasos resonar en mi cabeza. Firmes, decididos.
El sonido del paragüero de latón cuando dejabas aquel bastón o esa sonrisa debajo de la gorra que era tan tuya.
Recuerdo como llegabas, con esa calidez que enseguida llenaba el salón. Dejabas colgada la gorra en los cuernos de un ciervo que lucía en lo alto de una pared de gotelé, y te sentabas allí, en tu sofá. Contemplando orgulloso lo que habías creado con tanto mimo y esfuerzo, con tanto cariño y dedicación.
Tu familia.
Recuerdo como nos mirabas con cariño, y pedías ``ven a darle un beso a tu abuelo´´. Aunque ya sabías que yo no era muy cariñosa, pero aún así insistías hasta que conseguías tu propósito.
Porque tu eras así, cabezón y persistente.
Y ahora no sabes la de besos y abrazos que guardo para ti, porque pienso dártelos todos algún día.
Me acuerdo de las noches de verano tumbados en las hamacas mirando al cielo, como exploradores, buscando satélites y estrellas fugaces, que disfrutábamos tan sólo un efímero segundo hasta que se perdían en la oscura inmensidad.
Y ahora ese cielo tiene millones de estrellas, que voy capturando en la retina una a una, porque son demasiado bonitas para perdérselas abuelo.
A veces lo echo de menos. Te echo de menos.
Echo de menos ser pequeña, y saber que vas a venir a recogernos del colegio. Porque era aventura y risas aseguradas.
Añoro nuestro rincón secreto en la alacena, donde me dabas caramelos y golosinas. O las tardes de verano en la cochera con el arcón lleno de caquiruchos.
Ahora eres el culpable de que sea una golosa como tú.
Echo de menos el canto de tus perdigones y a ti, disfrutando de como la naturaleza emanaba vida. Aunque creo que echaron el vuelo cuando te marchaste, volaron contigo, allá donde fueras.
Pero sobretodo te echo de menos a ti.
Porque te fuiste sin más, sin decir adiós, y yo sin poder despedirme, sin decirte cuanto me arrepiento de no haber estado más, de no haber bajado a verte cuando aún podía porque era una adolescente demasiado ocupada con tonterías de la edad. De no ser cariñosa como mi hermano y no haberte dado todos los besos y abrazos que te merecías. Y sobretodo de no haber podido decirte lo mucho que te quería aquel día en la habitación del hospital. Pero no pude, porque dolía, dolía verte así, no siendo tú, yéndote cada vez un poco más, y yo dejando que lo hicieras porque me daba miedo a sentir, sentir el dolor tan grande que era no tenerte conmigo.
Y ahora mírame.
Pintando tu retrato más de mil veces, con lápiz y a papel.
Con la esperanza de conservar de alguna forma tu recuerdo, memorizar cada arruga de tu piel y guardarte en mi cabeza, para así mantenerte vivo.
Escuchando en bucle tus canciones favoritas, como las que escuchábamos en el casete del 205. Las he guardado en una carpeta dedicada a tí, porque es una forma de traerte de vuelta.
6:05 minutos, lo que dura nuestra canción, y el tiempo suficiente para decirte todo lo que siento.
A veces te pienso, vienes a mí como una ráfaga de momentos que se reproducen una y otra vez.
Como una película en blanco y negro, o mejor de vaqueros, como las que te gustaban a tí.
Y todo por un triste afán de intentar no olvidarte, de tenerte intacto.
Tú.
Tu cara, tus gestos, tu voz.
De no perderte en esa oscura inmensidad que son los recuerdos, sino de tenerte presente, como si estuvieras aquí conmigo, agarrándome de la mano.
Y no puedo contener el mar de cristal que brota de mis ojos. Se agolpan queriendo salir, gritando mientras resbalan por mis mejillas, que lo siento, que te echo de menos, que te quiero y que duele, que todavía duele demasiado no tenerte aquí.