Donosti, la ciudad más bella

Donosti es de esas ciudades que sabes situar en el mapa gracias a las clases de geografía, pero de las que poco se escucha hablar.
No es uno de los destinos prioritarios en tu lista de sitios para visitar, pues muchas veces nos dejamos llevar por el calor del sur o las playas del mediterráneo.
Es de esos lugares que pasan inadvertidos, pero que sin querer se convierten en el gran descubrimiento de unas vacaciones de verano. Es una ciudad de tradición y a la vez el auge de una ciudad cosmopolita.
Donosti es un atardecer por el Paseo de la Concha con la bahía de fondo y los pesqueros regresando de una dura jornada de trabajo.
Es disfrutar de las vistas de la ciudad entera desde lo alto del Monte Igueldo.
Donosti es recorrer las empedradas calles de la parte vieja disfrutando de los mejores pintxos con zurito en mano.
Es viajar por la maravillosa arquitectura de sus edificios hasta llegar a sus playas de arena dorada.
Donosti es una joya, una perla escondida en las aguas que bañan el golfo de Bizkaia.
Y actualmente, uno de mis lugares favoritos de España.
No sé si será esa magia que dicen que tienen las ciudades costeras, o la calma que producen las olas del mar, pero aquí la vida sucede despacio, en silencio.
No importa si trabajas durante todo el día, o tienes demasiadas cosas que hacer, siempre hay tiempo para disfrutar de una buena lectura bajo la sombra de un árbol, o de un café en el banco que hay frente a la bahía o incluso de una buena balada mientras paseas en bici siguiendo el Urumea.
No importa si hace mal tiempo, llueve o graniza, siempre hay miles de exposiciones, teatros o conciertos de los que disfrutar, porque es una ciudad de arte y cultura.
Siempre hay tiempo de risas con amigos, de disfrutar de las terrazas con una cerveza fría, de anécdotas y nuevos momentos, de atardeceres en la playa y cenas improvisadas.
Porque Donosti tiene esa esencia, esa magia que hace que sea considerada una de las ciudades más bonitas del mundo.
Sagardotegi

España siempre ha sido un país de festejos, algo que por antonomasia va ligado a la personalidad de sus gentes.
Alegres, jaraneros y jocosos, hemos utilizado cualquier ocasión como pretexto para socializar de la mejor manera que sabemos.
En Extremadura, no ponemos mucho énfasis en el lugar, siempre y cuando no nos falte el vino de pitarra, unas buenas migas y un sabroso frite de cordero o cabrito.
Sin embargo, en Euskal Herria, existe toda una tradición gastronómica que acompaña las reuniones sociales, empezando por el lugar, las sidrerias.
Ya de por sí, nunca había probado la sidra, pese ha haber veraneado varias ocasiones por la zona norte, donde es originaria. Y he de decir que fue todo un descubrimiento.
Aunque lo de escanciarla, aún lo vamos practicando.
Pero creo que para los que somos de buen comer, de esos que nos gusta un buen plato de carne para acompañar, el descubrimiento principal no fue la sidra, sino la chuleta.
Las famosas chuletas o ``txuletas´´ de mínimo un kilo de carne de vaca vieja, cocinadas vuelta y vuelta en la brasa, que hacen eco de los tópicos más comunes sobre los vascos.
Y aunque ahora es uno de mis platos favoritos de este lugar, junto con la tortilla de bacalao y las bolas de carne, la primera experiencia no fue tan agradable.
Tengo que confesar que siempre he sido un poco escrupulosa para la comida, (cosa que he mejorado bastante) y en mi lugar de origen la carne se cocina hasta estar bien hecha. Claro que las chuletas extremeñas no son ni un cuarto comparadas con las de aquí.
Me asuste, he de admitirlo, y ya no sólo por el monstruoso tamaño, sino porque aunque estaban bien selladas por ambos lados, la carne del interior seguía sangrado.
La probé con aprensión , más que por gusto, por la presión social y el entusiasmo porque me gustara algo tan típico del País Vasco.
Pero para mi sorpresa, pese a estar cruda, tenía un sabor increíble mezclado con el aroma de las brasas y la sal, que hacía que se deshiciese en la boca.
De ahí que no juzguemos nunca un libro sólo por su portada.
Pero lo mejor de las sidrerías, siempre llega al final, el postre.
Y no me refiero al queso y el membrillo, sino a las nueces y esa técnica minuciosa de abrirlas con la cabeza.
Sí, con la cabeza.
Donde aún estoy intentando averiguar si es tradición o un efecto del excesivo consumo de sidra.
Pero hasta el momento, y por salud, mejor no intentarlo.
De llanuras a montañas

Crecí entre jaras y alcornoques, me crié corriendo detrás de los corderos y recogiendo bellotas, me mecía sentada en aquel columpio que me construyó mi abuelo en la majestuosa encina que había frente a la casa, y me bañaba en la charca los veranos más calurosos.
Jugaba con los perros, los gatos, los chivos y todo animal de cuatro patas que midiera lo mismo que yo. Y mi momento favorito del día era recoger los huevos de las gallinas cuando estaba anocheciendo, con las cigarras cantando de fondo y esa brisa nocturna.
Podría decirse que soy una chica de campo. Y como chica de campo, es imposible no quedar encandilada por los imponentes paisajes verdes que recorren Euskal Herria.
Cubiertos de pinares, robledales y castaños y con las cimas escarpadas difuminadas por las nubes, se alejan mucho de las llanuras de pasto y encinas a los que estaba acostumbrada.
En las zonas rurales de Extremadura hay tradiciones no escritas, que hemos convertido en una atracción turística y una seña de identidad cultural.
En el País Vasco ocurre algo parecido. Una forma de introducirse en la cultura más arraigada, una especie de bautismo o rito de iniciación en el pueblo vasco, que te otorga un reconocimiento y aceptación social.
Subir un monte.
Y tú que te consideras una chica de campo y con algunas rutas de senderismo bajo tus pies, te enfundas las Chiruca y estás preparada para todo lo que venga, incluso te sientes entusiasmada por la aventura.
Pero no, no lo estás.
En los primeros veinte minutos de subida ya estás sudando como en tu vida, cosa a la que contribuye la humedad del ambiente.
La mayoría del trayecto lo pasas mirando donde pisas para no tropezar entre raíces y piedras, lo que hace que apenas aprecies la variada vegetación.
Y entre el dolor de flato y la falta de respiración, te preguntas cuando terminará la horrible cuesta que llevas subiendo desde hace una hora.
La respuesta es nunca.
Pero a medio camino, cuando más lo necesitas, te encuentras un bar.
Sí, un bar.
Y os puedo asegurar que la sidra y los pinchos de chistorra saben a gloria bendita.
Pero tras reponer fuerzas queda la cima, y en este momento te planteas si seguir o no, pero llegados a este punto no te vas a quedar sin ver esas vistas, esas increíbles vistas que hacen que te olvides de todo el sufrimiento anterior.
Y después de tres horas de subida, dos de bajada y un sin fin de kilómetros, puedes sentirte orgullosa.
Que tú que venías de la llanura y las dehesas, has coronado tu primer monte vasco.
Los pueblos vascos

Rodeados de imponentes montes vestidos de verde cuyas cimas se pierden en la niebla alta, los pueblos vascos son una mezcla peculiar de las costumbres más arraigadas y la huella de la industrialización.
El olor a heno procedentes de los caseríos colindantes contrasta con las edificaciones más propias de una ciudad, que de un pueblo.
Es difícil describir ese sentimiento que te produce el perfume de la tierra mojada. Es una sensación fría, quizás por el clima, pero a la vez tan cálida, de saber que ahora perteneces a este lugar.
Un lugar que parece sombrío, frío y lluvioso, pero hay que reconocer que tú siempre has sido de dormir escuchando el sonido de la lluvia.
La vida es tranquila y agitada, nunca descansas pero tampoco tienes prisa. Disfrutas cuando sale el sol, pero tampoco paras cuando cae la lluvia.
Y tú que eras de estar en casa, de mantita y peli, ahora subes montes y escalas montañas. Y en el poco tiempo que te queda, piensas.
Piensas en tu vida anterior, en la familia, en tu antiguo piso, en tus amigos, y en cómo ha cambiado tan radicalmente tu vida en cuestión de meses.
Y lo echas de menos, para que nos vamos a engañar, pero esto te está gustando y mucho.
Y no sabes si es por su historia, o por esa magia que emana, pero algo dentro de ti te dice que no te has equivocado, que ha merecido la pena cambiar el calor seco por la humedad constante, y el sol por la lluvia.
Aprendes a que hay que salir siempre con un paraguas en el bolso, a coger una cazadora por si refresca, porque lo hará, y a intentar decir palabras sin que se te trabe la lengua, cosa difícil si vienes del Sur.
Pero ahí estás, enamorándote de la vida, de su entorno, de su lengua, de sus pueblos y de sus gentes.
Mi Cáceres querido

Callejones infinitos, suelos empedrados y una riqueza multicultural hacen de Cáceres mi ciudad. No sólo porque viviera los años más bonitos de mi vida, sino porque Cáceres tiene ese encanto que te embauca, que hace que te pierdas por los rincones más bonitos y escondidos de la ciudad y que te sientas pequeña pero a la vez muy grande.
Cáceres es de esas joyas olvidadas en la mitad del mapa, es un privilegio que pocos llegan a disfrutar. Para algunos es una ciudad más de una comunidad abandonada, para otros es el sitio donde volver porque allí sintieron un hogar.
640 km me separan ahora de la ciudad que ha sido mi primer amor, esos que no se olvidan nunca, esos que dejan huella.
Y es curioso, no sé si por coincidencia o por destino, que el amor sea también la razón por la que me fui.
Cosas del corazón supongo.
Todos hemos oído la típica expresión ``locuras por amor´´ y pensamos que esas cutreces nunca te van a pasar, que tú eres de pensamiento firme y cabeza fría.
Y en menos de dos meses estás empaquetando tus cosas en cajas de cartón para mudarte a la otra punta de España. No te importa nada, estás llena de euforia , tampoco piensas mucho en lo que dejas atrás, porque así no duele tanto.
Anulas el miedo, la duda y la incertidumbre porque las ganas te pueden, y siempre se ha dicho que quién no arriesga, no gana.
Y así sin más, enciendes el motor , pisas embrague y aceleras. Te vas, te estas yendo, pero no hay cabida para mirar atrás. Y te dices, qué tan fácil es dejar atrás algo que tanto quieres.
Seis o siete horas después, no entiendes lo que pone en los carteles que ves en la carretera, hace frío en verano cosa que en tu querido Cáceres es impensable, y el verde de la vegetación hace contraste con el paisaje seco que llevas viendo 22 años.
Parece un sueño, pero el Ongi Etorri de la entrada, te acaba de dar la bienvenida a tu nuevo hogar.